Un instante de emoción cibernética: Blade Runner

Un instante de emoción cibernética: Blade Runner

Un leve escalofrío atravesaba mi medula espinal, había una parte de mí a la que le gustaría vivir en esa Megalópolis de rascacielos de mil pisos corroídos por el óxido y la agresiva intemperie, cañones que expulsaban nubes de gas incinerado, lluvia ácida y perpetua, tecnología que invadía desde las calles al más profundo sistema nervioso de una metrópoli que llevó el postmodernismo a sus últimas consecuencias, invadiendo todo a su paso, incluso los organismos y extremidades de sus habitantes.

Spinners voladores surcan un cielo contaminado cual tumor canceroso en un entorno estéticamente hermoso, pero también aterrador en su oxidada corrupción. Y a mis diez años, en casa de mi tío y gracias a su magnetoscópio, aquel entorno me producía pavor, asustándome la crueldad extrema de unos neo-homo-sapiens-genéticos, hermosos físicamente pero agresivos cual perros rabiosos, dispuestos a arrancarte a pedazos trozos de tu carne y tu vida con la leve (y efímera) esperanza de alargar la suya. Pero el agente de policía Rick Deckard alias “navaja corredora” o “el que corre con la espada” no me producía mejor impresión, intentando asumir su condición de asesino a sueldo no de humanos sino de facsímiles humanoides que se suponía que no era lo mismo, con dolorosa cotidianidad.

Que aquel personaje tuviera rasgos parecidos a Han Solo o Indiana Jones no me producía alivio alguno. Aquello era todo lo contrario a STAR WARS, recuerda: este futuro no está a miles de años luz, sino a pocas décadas de distancia… de hecho, Tokio capital se le parece mucho ahora mismo. Que importa que la fecha exacta sea noviembre del 2019, es creíble y verosímil, puede existir. Eso era (y es) lo que asustaba, que aquel futuro pudiera llegar a tocarse, respirar el sabor ocre del plástico y el metal y sentir la lluvia ácida sobre uno mismo algún día no muy lejano y en un lugar aparentemente soleado y apacible como Los Ángeles. Creo que Ridley Scott estaba inconscientemente reflejando la húmeda Londres o la escocesa y lluviosa Glasgow con un sabor y estilo totalmente británico.

Siempre he pensado que ese ambiente situado en la realidad de ahora mismo, como sería México D.F. con sus 20 millones de almas, su ultracontaminación, su creciente pobreza y criminalidad, su longitud kilométrica y sus insolubles condiciones de vida, motivaría antes al suicidio colectivo que al goce estético que nos produce el infierno cibernético de Scott. Nadie está en posesión del Don de Nostradamus para predecir el futuro en su matemática exactitud.

Philip José Farmer escribe al comienzo de uno de sus geniales cuentos satíricos :

“Jinetes de salario púrpura”, “Si Julio Verne hubiera podido realmente ver el futuro, por ejemplo en 1966 d.c., se hubiera cagado en los calzoncillos. Y en 2166, ¡la leche!”.

Pienso que yo también me cagaría encima si al probar la droga de Nostradamus, viese el mundo en el digamos… 2040, y cualquiera de ustedes supongo. Pero aquel futuro ideado primero por un paranoico adicto a las drogas llamado Philip Kendred Dick en su fabulosa novela “Sueñan los androides con ovejas eléctricas” y posteriormente barajando nombres como Martin Scorsese, Robert Mulligan o Dustin Hoffman para el papel principal.

Diseñadores industriales como Syd Mead o los story-boards del propio Scott, inspirándose en comics de Moebius como “The long tomorrow” hicieron un milagro de diseño sin precedentes, muy superior a títulos posteriores y plagios vergonzosos. Pero la autentica fuerza de Blade Runner se encuentra en su espíritu, en las múltiples lecturas que sigue produciendo y en ir más allá de las imágenes, alcanzando los sentidos del espectador.

Aquella devastadora impresión moral que estuvo a punto de hacerme perder el control de mis intestinos delante de mis primos y tíos en aquella semana santa a mis diez años, y que tras un rechazo inicial no podría, no querría volver a rechazar en los múltiples visionados a que he sometido mi sistema nervioso sobre la tangible superficie de aquel 2019, y que viviré para ver realmente con toda seguridad, con una mezcla de miedo y melancolía que me alcanza a un nivel sensorial que conecta directamente con mis emociones. De hecho creo que el futuro de Scott es demasiado hermoso, el futuro real, lo que vendrá, será menos espectacular, y puede que mucho más terrible…

A Philip K . Dick , donde quiera que estés.

por Jorge Zarco Rodríguez